Demian sintió que algo agitaba su hombro. Se desperezó abriendo los ojos con rápidos parpadeos y vio la borrosa imagen de una mujer, cuya voz lo apremiaba a levantarse. Su reloj de pulsera marcaba las siete en punto de la mañana. Recordó haber conectado la alarma para despertar media hora antes, sin embargo tuvo que reconocer que se había quedado dormido. Martha ya debía tenerlo todo dispuesto y él debía apresurarse. No le agradaba la idea de ir por detrás ni quería quedar mal ante la gran cazadora. Apenas después de comer el día anterior, Demian hubo de realizar varias llamadas a distintas estaciones de ferrocarril y en distintos idiomas, aunque finalmente usó el inglés para hacerse entender con los dubitativos empleados de información. Todo resultaba confuso en cuanto al destino de Valius D´Acourt. A primera vista tomó el tren de alta velocidad desde Ámsterdam a París, cambió a otro en dicha ciudad y, sin abandonarlo, acabó en Barcelona. Por supuesto no quedó nada de ello registrado en las taquillas, aduanas o cámaras desde la capital holandesa, a excepción del vídeo recibido por la Orden. A todos los efectos nadie con ese nombre había utilizado dichos trenes ni había efectuado esos recorridos. Los escasos agentes de la Orden repartidos por la zona no supieron informar de más detalles. Valius había desaparecido, pero, según Martha, no en Barcelona.
Su teoría era simple y directa. Valius había tomado otro tren, en el más absoluto de los secretos, para desplazarse hacia el lugar donde se localizaba el refugio de Valasha, un lugar que Martha llevaba un año y medio tratando de hallar. Los datos recogidos en sus investigaciones lo situaban en alguna zona al norte del país. A los vampiros les gustaban el frío y la lluvia, les atraía la humedad pues mantenía su tierra consagrada siempre fresca, apta para su protección. Cualquier cazador sabía eso. El área de búsqueda, pues, se reducía. Demian no tardó entonces en averiguar que de Barcelona partía un tren especial cuyo recorrido apuntó y repasó con Martha. Muchas de sus paradas se localizaban en el norte. Ambos confeccionaron una lista de localidades en las que posiblemente se hubiera enterrado Valasha. Todas eran candidatas perfectas para acogerla. Ante la imposibilidad de investigarlo ciudad por ciudad, pueblo por pueblo, lo cual llevaría meses, quizá todo un año, Martha confió en la segunda prueba de Demian y puso como objetivo primordial la visita a la antigua abadía, un reducto abandonado a unos cuarenta kilómetros de Ávila. Necesitaba averiguar todo lo que pudiesen revelar los restos de aquel vampiro eliminado en 1930, según los datos que Demian llevaba consigo y que habrían de completarse en la abadía. Su relación con Valasha estaba probada, pero nadie en la Orden sabía hasta qué punto.
Demian tenía ya listo su equipaje cuando Martha terminó de hablar por su teléfono móvil. La mujer lo había utilizado a conciencia, contrariando la opinión del muchacho de que ella ni siquiera sabía manejar uno de aquellos chismes. Simplemente no los utilizaba. Demian no supo con quiénes habló ni para qué propósitos y, como era natural, Martha se negó a revelarlo. Al menos, en ese momento.
Poco antes de las diez de la mañana ambos se trasladaron a un aparcamiento subterráneo cerca del edificio en el que Martha había vivido durante los últimos meses. La mujer guió al joven hacia un vehículo discreto en una de las plazas peor iluminadas del lugar. Era un coche corriente, un Opel Vectra de color verde oscuro, de segunda mano. Demian lo contempló con curiosidad, nadie diría que se trataba del vehículo utilizado por una experta cazadora de no muertos. Martha tiró las llaves al aire y Demian las cogió antes de que lo golpeasen en la frente, sorprendido.
- Tú conduces. ¿Sabrás conducir, no?
- Desde los diecisiete años. Pero no tengo ni idea de cómo salir de esta ciudad.
- Yo te guiaré. Hay un mapa de carreteras en la guantera. Y conozco bien la zona. Tú sólo llévame hasta esa abadía. Si no nos detenemos, llegaremos antes de las doce. En marcha.
Tomando la Nacional 110, ya fuera de Madrid, en una autovía infestada de vehículos y con varias zonas en obras, Demian quiso entablar conversación. Había esperado a que la mujer terminase de revisar sus documentos y su mapa y era el momento propicio para tratar de conocerla. Ella se mantenía tan reservada como durante los primeros minutos de su encuentro y trataba de conservar su imagen de mujer dura, de vuelta de todo, concentrada sólo en su tarea, alejando de ella todo signo de confraternización e, incluso, sencilla amabilidad. Demian había sido educado en las formas de los así llamados caballeros de la Orden y eso incluía un trato correcto a las damas, sin excluir un pintoresco lenguaje más propio del Romanticismo decimonónico que de los tiempos que vivían. El joven no se atrevía a tutear a Martha, le suponía una inadmisible falta de respeto. A decir de sus compañeros en la universidad, las muchachas italianas encontraban fascinante el lenguaje anticuado y las maneras con que eran agasajadas. Sólo se admitía el tuteo cuando la confianza plena había sido establecida entre las partes, siempre respetando los modos caballerescos de la Orden. Por otra parte el lenguaje de Martha no tenía nada de decimonónico y podría aceptar perfectamente no sólo el tuteo sino incluso impertinentes groserías siempre y cuando las hallase divertidas o, al menos, ocurrentes.
- Creí que usted no tenía ninguna clase de vehículo.
- ¿Te he decepcionado?
Demian tragó saliva y retiró por un segundo la vista de la carretera. Ahí seguía Martha, mirando el mapa, aparentando indiferencia.
- Debo sospechar que no ha permanecido todo el tiempo en Madrid.
- Sospecha confirmada.
Se produjo un incómodo silencio. Demian tuvo que reducir la velocidad para continuar por un carril flanqueado por vistosos conos de plástico, mientras una brigada de obras reparaba el trazado a su derecha. El ruido de la maquinaria se filtró por las ventanillas, haciendo vibrar sus cristales.
- Si usted fuese Valasha, Martha, ¿dónde se ocultaría?
- Esa misma pregunta ya me la he hecho yo varias veces. Valasha se ocultaría en Rusia, en la zona más fría y profunda del país. Su tierra está allí, hectáreas enteras de tierra habitada aún por gentes supersticiosas y analfabetas. Sin embargo no tiene ni los medios ni el tiempo suficientes para regresar.
- ¿Y aquí, en España?
- Veamos. Cantabria sería un buen refugio para ella y su cohorte. Asturias, quizá. Galicia no sería descartable. Incluso la propia provincia a la que nos dirigimos, Ávila. Cualquier pueblo podría acogerla. Pero nos queda una zona por la que yo apostaría sin dudarlo. No sé qué nombre recibirá en Italia, aquí se llama Euskadi o Euskal Herria. Humedad, frío, una religión estandarizada, buena tierra protectora, lluvia y, lo más importante, tradición vampírica.
Demian retiró de nuevo la vista y miró asombrado a Martha.
- Sí, muchachito, ¿no lo sabes? Sólo en esta zona se han localizado más vampiros que en toda Suiza o Finlandia, por poner dos ejemplos. Durante siglos ha sido un reducto muy vigilado, pero a partir de principios del siglo veinte, de buenas a primeras, la Orden se desentendió de ese lugar. Ya no se tomaron en serio las habladurías de sus habitantes, los cuentos locales, las realidades disfrazadas de leyenda. Bueno, a decir verdad, ni siquiera ellos mismos las tomaban en serio. Hubo casos de vampirismo en otras zonas, casos aislados aunque susceptibles de una profunda investigación- reordenó sus notas y sorprendió al muchacho cambiando de asunto. - Como supongo que sabrás, la entrada de Valasha en España se localiza a principios de siglo y su rastro se pierde a partir de los años cincuenta.
- Algunos estudiosos creen que fue mucho antes, durante la Guerra Civil. Al menos desde entonces no ha sido vista.
- Diez en Historia, muchachito. Tus investigadores pueden decir lo que quieran, yo sé que Valasha se esfumó durante los años cincuenta y que dicha desaparición coincide con su aislamiento voluntario. Me llevó dos meses conocer la verdad. Valasha quiere protegerse ante la aparición anunciada de La Errante. Si ésta no la encuentra no podrá acabar con ella y ocupar su lugar. ¿No es eso lo que dice la profecía?
- En esencia, sí.
- Pues en esencia nosotros debemos llegar antes que esa sanguijuela nonata. Es la única forma de asegurarnos.
- ¿No haremos cumplir la profecía de ese modo?
- La profecía sólo se cumplirá si es La Errante la que destruye a Valasha. Parece mentira, Amelio, tú que tan bien la conoces. Tu pregunta resulta algo estúpida.
- Lo siento.
- Y ahora déjame, sigue conduciendo. Yo debo repasar aún un par de detalles, si no te importa.
Demian cubrió el resto del trayecto sin problemas, siguiendo las indicaciones de la mujer y tomando una carretera secundaria. Hacía frío y la calefacción en el interior del vehículo no funcionaba bien. El joven observó el paisaje que los rodeaba. Sólo podía ver colinas brumosas salpicadas de rocas con bordes afilados, terrenos para pastos, vallados y, a lo lejos, envueltos en la niebla, los montes de la Sierra de Gredos, cuyas cimas se adivinaban cubiertas de nieve. Algunos pequeños pueblos aparecían de vez en cuando, pero Martha no quiso detenerse en ninguno de ellos. Según el mapa existía una carretera, probablemente sin asfaltar, que se desviaba hacia el interior. La ruta coincidía con el plano arrugado de Demian. Llegó al principio de dicha carretera, más bien un camino de tierra transitado por rebaños y tractores que atravesaba un río. Una valla de madera impedía el paso. Un letrero de hierro oxidado prohibía la entrada. Martha esbozó una sonrisa. Demian detuvo el coche frente a la valla. Se fijó en el candado situado bajo el letrero. Cerrado. La mujer bajó del coche y rebuscó en su maletero, entre un desordenado montón de herramientas y un par de abultadas bolsas. Se hizo con una cizalla y, sin miramientos, cortó la cadena del candado y empujó la valla para permitir el paso del vehículo. Demian no hizo preguntas, se limitó a recoger a Martha y continuar el camino.
A una distancia aproximada de cuarenta kilómetros de Ávila, sin nada relevante a la vista, el camino parecía extenderse hacia ninguna parte. Sólo unas pequeñas colinas rompían la monotonía del paisaje, mientras la bruma se levantaba. Algunos rebaños pastaban por las cercanías, pero todo indicio de actividad humana brillaba por su ausencia. Las pocas edificaciones construidas por la zona no eran sino cabañas a punto de derrumbarse, descuidadas, con agujereadas techumbres. Martha ni siquiera prestaba atención, había dejado de consultar el mapa pues esperaba divisar la abadía en cualquier momento, si es que el plano de Demian era exacto.
Una bandada de pájaros negros cruzó el camino y se perdió hacia el sur, sin embargo algunos de ellos, grandes cuervos cuyas plumas se levantaban con el viento, se posaban en la hierba en pequeños grupos. Aún con las ventanillas cerradas podían oírse sus graznidos. El paso del coche no los asustaba, al contrario, demostraban tener cierta curiosidad y se acercaban a los lindes del camino. Demian no pudo reprimir un escalofrío al verlos, sobre todo al comprobar la disminución de la luz y cómo la bruma se echaba sobre ellos a medida que se adentraban más en aquella zona, un lugar que parecía dejado de la mano de Dios. Poco después el joven observó las cruces de piedra que jalonaban el paisaje en una distribución arbitraria. Martha no había pronunciado ni una palabra desde que había vuelto a subir al coche.
Al fin una curiosa edificación surgió justo delante del vehículo, en un efecto óptico engañoso, pues en realidad se encontraba a unos metros a la derecha, en medio de un campo verde y llano. La visión resultaba fantasmagórica. La abadía, medio envuelta en brumas, destacaba por completo en el desolado lugar. El color de sus muros y de la torre se mostraba apagado bajo sombras que no se diluían por ningún rayo de luz. Se veían negros orificios desiguales en buena parte de éstos y en el mismo techo puntiagudo de la torre, que conservaba solamente una de sus tres campanas. La hiedra trepaba sin dificultades, se filtraba por las junturas de piedra, por cada grieta y cada ladrillo. Cuando Demian giró el vehículo para detenerse frente a la fachada principal descubrió tras la abadía una pequeña casa cuya chimenea humeaba. Algunos pequeños huertos rodeaban ambas construcciones. La visión de una furgoneta, vieja, pero en buen estado, lo tranquilizó.
Fuera del coche, los dos contemplaron la abadía. En el tejado de la nave principal descansaban algunos cuervos iguales a los del camino. Cuervos silenciosos e inmóviles. Demian se fijó en las vidrieras rotas y en la curiosa disposición de los arcos. Conocía lo suficiente acerca de la arquitectura gótica como para adivinar que nunca estuvo en la intención de los constructores de esa abadía producir un efecto armónico en quienes la contemplasen. Incluso la torre parecía desviada respecto a la nave central. Por otro lado el pequeño claustro mostraba indicios de venirse abajo en cualquier momento y su jardín había sido invadido por cardos borriqueros y otras malas hierbas.
Un hombre de unos cincuenta años salió de la casa adyacente a recibirlos. Se presentó como el hermano Sergio, aunque no vestía hábito de monje. Estrechó la mano de Martha y después la de Demian tras observarlo con cierta curiosidad. Aseguró que raras veces recibían visitas y que, junto a su hermano León, estaba al cuidado de la abadía, pese a su abandono. Resultaba absurdo, pensó Demian, cuidar un edificio que estaba a punto de venirse abajo, en cuyo interior hacía quizá siglos que no se celebraba ningún oficio religioso. Recordó, sin embargo, que allí se conservaban los restos óseos de un vampiro, razón más que suficiente para no abandonar el edificio a la ligera. El monje debió de leerle el pensamiento cuando declaró que tanto él como su hermano solían celebrar misas todos los días a primera hora de la mañana, y que no hallaría un lugar más sagrado ni acogedor en varios kilómetros a la redonda.
Condujo a los visitantes a la casa. Dentro se respiraba un ambiente hogareño, con el fuego de una vieja chimenea encendido de manera casi continua. A Demian le sorprendió ver un aparato de televisión sobre la mesa, aunque la recepción era muy mala. También descubrió un teléfono móvil. El hermano León, unos veinte años más viejo que Demian, sonrió divertido, lo mostró al muchacho y dijo:
- No estamos tan apartados de la civilización.
Tras disfrutar de una breve comida, más bien un aperitivo, Martha explicó a los dos hombres cuál era el motivo de su visita. Demian supo entonces que ella se había puesto en contacto con los dos desde Madrid y que había revelado buena parte de su búsqueda, incluyendo la mención a Valasha. Los hombres escuchaban a Martha serios e interesados. Demian se tomó por un ingenuo, debió haberlo previsto. Tanto el hermano Sergio como el hermano León eran miembros de la Orden, naturales de la zona y expertos en vampirismo. Trató de disimular su rubor. Al menos lo había descubierto él solo, no tendría que soportar la recriminación de Martha. El hermano Sergio fue el primero en hablar, dirigiéndose a la mujer:
- Es usted el primer cazador que aparece en cincuenta años. Nuestro abad, don Pablo, que estuvo al cuidado de este lugar anteriormente, esperaba su llegada. Murió en mil novecientos setenta y nueve, siendo nosotros unos jovenzuelos. Nos hicimos cargo de la abadía. Agradecemos la ayuda prestada por la Orden. Sabemos siempre lo que hemos de hacer.
- Me alegro -dijo Martha asintiendo.
- Guardamos un pequeño archivo con los últimos movimientos de La Errante y sus discípulos, todo ello remitido a las altas instancias de la Orden. Sin embargo, debemos confesar que estamos sorprendidos por su repentino... abandono. No queremos culparle a usted de nada, no hemos aguardado la visita de ningún miembro para descargar sobre él nuestra pequeña frustración, pero comprenderá que todo esto resulta contraproducente. No deben olvidar que vigilamos los restos del último vampiro importante que tuvo contacto con Valasha y que se trata de nuestro único vínculo con ella. En fin, todo está en ese archivo y nos consta que habrá sido muy estudiado y analizado. Esperemos que no en vano, ¿cierto?
Martha trató de sonreír. Comprendía muy bien el estado de ánimo en que se hallaban sus anfitriones. Los caminos de la Orden, como los del Dios al que servía, eran inescrutables y, a menudo, surrealistas. Miró a Demian. Él fue la primera persona en confirmarle que el archivo V (Valasha) había sido reabierto y eso indicaba a las claras que la Orden volvía a estar interesada en La Errante tras una desidia de cincuenta años. Y eso también confirmaba que el tiempo anunciado por la milenaria profecía vampírica de Acheron estaba a punto de cumplirse.
La visita a la abadía no se demoró más. El hermano León abrió las chirriantes puertas situadas bajo el pórtico, cuyos relieves estaban muy desgastados, y la luz inundó el interior del edificio, revelándolo bien cuidado a pesar de todo. Las paredes estaban encaladas y, de haber lucido el sol, habrían reflejado su luz con gran intensidad. Largos bancos de madera se alineaban para acoger a fieles que nunca llegarían, el altar se hallaba en perfecto estado, delante de un retablo que representaba escenas del Juicio Final, aunque sus colores y figuras pedían a gritos una restauración urgente. Demian se fijó en la terrible imagen del Dragón retorciéndose entre llamas y atravesando con sus garras los cuerpos desnudos de los condenados. El ábside era pequeño y el joven ya había observado que los contrafuertes estaban adosados a los muros, un extraño vestigio románico. Caminando en su interior comprobó que la planta del edificio no representaba una cruz ordenada y que el muro derecho era un poco más largo que el izquierdo. El propio ábside compensaba el desequilibrio. O bien los arquitectos eran unos inexpertos o, lo más probable, no querían que nadie se acercase por allí.
El hermano Sergio miró a Martha, después señaló el altar. La mujer lo examinó, descubrió unos rieles de acero bajo el suelo de mármol. El hermano León accionó una palanca oculta en la base del retablo y el altar se deslizó hacia delante movido por un curioso mecanismo. Demian se apartó sorprendido. Bajo el altar quedó una trampilla gruesa de madera, cerrada con una cadena de oxidados eslabones, que ocultaba un hueco rectangular con unas escaleras de piedra. Éstas conducían a un piso inferior secreto. Los cuatro descendieron por ellas, iluminados por un vetusto sistema de polvorientas bombillas de luz naranja, suficiente para no tropezar.
A unos cinco metros bajo el suelo de la abadía, en el centro de una fría sala rectangular, se levantaba un sarcófago de piedra con relieves mejor conservados, cuyas figuras representaban escenas de lucha entre cazadores tardo medievales y vampiros. Demian había visto varios de estos relieves en ilustraciones y fotografías, pero jamás esperó hallar uno justo delante de él y menos uno tan expresivo y aterrador. Superada la impresión del hallazgo, examinó los relieves y comprobó que relataban la historia de la matanza de Claudio Lucino, conde de Berigers, y su cohorte, en el siglo XV. Sorprendido una noche aciaga fue perseguido por lugareños y cazadores hasta su refugio. Allí se le dio muerte atravesándolo con una lanza de hierro y decapitándolo, mientras se incineraba a su cohorte de servidores y se guardaban las cenizas en cofres sellados. Estos acabaron sepultados en tierra santa, con pedazos de hostias consagradas en su interior. Los relieves recogían la famosa matanza al detalle, deformando los rostros tanto de bestias como de cazadores, todos impulsados por una ira incontenible, por un horrible fanatismo. Demian reaccionó sobresaltado al notar la mano de Martha en su hombro.
- Te prevengo. Vamos a abrir el sarcófago. Si crees que no estás preparado, puedes salir fuera. No te lo echaré en cara. Demian tragó saliva y respiró hondo.
- Preparado.
El sarcófago, que no tenía nombres ni fechas cincelados, estaba muy bien protegido. Siete cruces lo rodeaban, clavadas en el suelo y siempre bendecidas. La luz de las bombillas hacía que sus sombras se proyectaran sobre la tapa de piedra. Al mismo tiempo un mecanismo de poleas, varillas y cazos de madera, diseñado por el hermano Sergio muchos años atrás, se colocaba sobre el sarcófago de tal modo que, ante la apertura accidental de su tapa, lo activaba y conseguía que derramase agua bendita en su interior. Demian quedó fascinado, pues el mecanismo funcionaba y siempre estaba lleno de agua. Su diseño le recordaba algunos de los ingenios de Leonardo da Vinci. El hermano León manipuló el mecanismo de forma que no se activase al abrir la tapa.
Utilizando dos barras de hierro introducidas en orificios circulares, los cuatro levantaron la tapa con cuidado y la depositaron en el suelo, tratando de no golpear ninguna de las cruces. Martha fue la primera en asomarse al interior, respirando con cierto desagrado el aroma del polvo de ajo que se repartía sobre los restos y que había sido untado a conciencia en el interior del sarcófago. El olor a necrocenia se mezclaba con el del polvo. Resultaba repugnante, pero la mujer se esforzó por soportarlo.
De Augusto Mateo Afterlom sólo quedaban sus huesos calcinados. Sus manos y pies estaban sujetos a la piedra con clavos de acero de diez centímetros de longitud. Su cráneo, separado del resto de la osamenta, reposaba encima del esternón. Mostraba aún la dentadura puntiaguda, con colmillos desiguales, algunos partidos. En el parietal derecho y en el occipital mostraba orificios hechos con objetos afilados. Parte de la cuenca izquierda había sido fragmentada y diminutas grietas amenazaban con desmenuzar el resto del cráneo. Martha comprobó que el hueso del cuello había sido seccionado limpiamente, quizá con una espada al rojo vivo.
Demian contempló los restos absorto. Era la primera vez que veía a un vampiro, aunque fuese muerto, carbonizado y en el interior de uno de los sarcófagos mejor protegidos por la Orden. No quiso cuestionar a qué se debían tantas precauciones cuando Augusto Mateo Afterlom había sido exterminado según el procedimiento más fiable y, desde 1930, jamás había ocurrido nada con sus restos. Pero también rememoró, al contemplar aquella tumba, cuántos errores se habían cometido a lo largo de los siglos al desentenderse de vampiros aparentemente muertos. La Orden, pese a todo, jamás abandonó la vigilancia de aquel y, por tanto, nunca dejó de buscar a Valasha Namkova, La Errante. Pero, ¿qué podrían revelar aquellos restos?
Martha examinó otra vez los orificios en el cráneo. Lo tomó y lo alzó ante su vista para verificar que se trataba del de un vampiro auténtico. Muchos habían intentado estafar a la Orden con supuestos restos vampíricos. Sin embargo, aquel cráneo era realmente el de un nosferatu. La mujer intentó disimular su desconocimiento acerca de todo lo referido al tal Augusto Mateo Afterlom, aunque el segundo apellido le era muy familiar, como a cualquier estudioso de las viejas aristocracias, pertenecientes o no a la Orden. Después de tantos casos de horror en dicha familia no era de extrañar que alguno de sus miembros se viera implicado en casos de vampirismo cuando no fuese él mismo un vampiro. Aquellos restos óseos confirmaban la relación entre un miembro de la familia Afterlom y Valasha. Confiaba en que tanto los dos monjes como Demian le informasen al respecto. De nuevo sintió ese cosquilleo en el pecho que le aseguraba estar una vez más en el buen camino.
Tras el examen concienzudo tanto de los huesos como de los restos cenicientos, se procedió a cerrar de nuevo el sarcófago. El hermano León volvió a preparar el mecanismo que vertía el agua bendita.
Abandonaron la sala y sintieron que el aire exterior vivificaba sus cuerpos y les concedía una estimulante euforia.
La niebla había caído sobre los montes lejanos y el cielo se nublaba a cada minuto, lo que impulsó a los dos hermanos a ofrecer su casa para que sus invitados disfrutasen de una buena comida, pues el camino podía quedar embarrado en caso de lluvia. Más valía prevenir. Martha, deseando conocer todos los detalles sobre el vampiro, aceptó de buen grado, lo que reanimó a Demian, cuyo estómago rugía en aquel lugar en medio de la nada.
El hermano Sergio ya tenía listo su guiso de carne, comprada en el pueblo de Sonsoles, a unos kilómetros. Todo lo que necesitaban lo obtenían con un viaje semanal a dicho pueblo y con los productos que ellos mismos cultivaban. Tenían buena relación con sus gentes, mas nadie se acercaba por allí para devolver la cortesía.
Tras una breve oración, los cuatro se dispusieron a dar buena cuenta de lo que a Demian le pareció un banquete. El hermano León se hizo con una botella de vino guardada en una pequeña bodega y sirvió cuatro vasos. Era un crianza dulce y agradable al paladar. El hermano Sergio decidió romper el silencio y comenzar con la charla que la cazadora de vampiros estaba esperando. Habló acerca de Augusto Mateo Afterlom, esperando siempre que sus palabras fuesen corregidas o aceptadas por Demian.
Augusto Mateo Afterlom fue el hijo español de André Afterlom y Sabine Moreau y el iniciador de la rama española de la dinastía. En su juventud se distinguió por su energía e inteligencia, las cuales lo hicieron prosperar en poco tiempo, llegando a amasar una pequeña fortuna. Ésta le permitió comprar tierras en Toledo e instalarse con su futura esposa, la señora Juana Menéndez Vicálvaro. Su relación con las personalidades más influyentes de la zona no se hizo esperar y consiguió llevar a cabo buenas transacciones comerciales encaminadas a aumentar su patrimonio y su prestigio. Su felicidad fue incrementada al conocerse el embarazo de su esposa, el cual coincidió con la aparición repentina de una dama perteneciente a la más lustrosa nobleza centroeuropea. Todos la conocían como La Rusa, por su peculiar forma de hablar y por las historias que los miembros de su séquito contaban. Deseosa de hacer negocios e instalarse en España solicitó la ayuda del mismo Augusto Mateo, que trató con ella a través de sus más fieles servidores y a la que jamás vio a la luz del día. Sólo pudo conocerla en persona durante dos ocasiones. Una tras el nacimiento, en 1923, de su hija Susana. La segunda ocasión...
A partir de entonces la vida de Augusto Mateo se transformó del todo. Su carácter alegre y emprendedor se convirtió en malsano, hostil hacia todos los que lo rodeaban, excepto ante la misteriosa dama rusa, para la cual le faltaban elogios. Su hija creció en un ambiente sombrío, su mujer, Juana, enloqueció y, dicen, se quitó la vida. Augusto Mateo ni siquiera se mostró afectado por dicha circunstancia. Toda su atención se dirigía a La Rusa y a sus oscuros negocios, a la par que comenzaron las desapariciones de personas, especialmente mujeres e hijos de campesinos y criados. Su propia hija, Susana, empezó a mostrar síntomas de locura parecidos a los de su difunta madre, asegurando que ésta la visitaba por las noches y quería comérsela. Nadie la creyó nunca, excepto un caballero que, en apariencia, visitó el lugar, asegurando estar de paso y mostrándose muy interesado por lo que él denominaba folclore y superstición. Su nombre era Miguel Blasco.
Martha reaccionó al oírlo. Nadie en el seno de la Orden de la Santa Cruz podía ignorar ese nombre. Se trataba de uno de los mejores cazadores de vampiros que jamás hubiesen empuñado la espada, el último de los enviados a España por la Orden.
- A pesar de todo, la niña Susana fue internada en un orfanato en mil novecientos treinta y dos, a sus nueve años –continuó el hermano Sergio. –Allí olvidó todo lo referido a las apariciones de su madre y a sus supuestas fantasías nocturnas. No abandonaría el lugar hasta el término de la Guerra Civil, completamente curada. Dicho, naturalmente, con reservas.
Augusto Mateo fue bien vigilado por Blasco, que reunió a una partida de colaboradores dedicados sólo a esa tarea. Debían tenerlo informado de cada movimiento, cada palabra y cada sospechoso acto llevado a cabo por tan aberrante personaje. Por otro lado investigó cada una de las desapariciones y reconoció los signos que tantas veces lo habían convencido de la existencia de seres no muertos. No importaba nunca en qué país o cultura se producían las desapariciones o los ataques. Las marcas del vampiro siempre estaban presentes.
Miguel Blasco localizó a algunos desaparecidos, unos muertos, otros en proceso de transformación. Algunos se salvaron con transfusiones de sangre hechas a tiempo, otros, en secreto, hubieron de ser decapitados por haber bebido la sangre negra de sus captores. Y hubo muchos, docenas de ellos, de los que jamás se supo, de los que nunca se encontró resto alguno. En sus escritos, Miguel Blasco lamentaba su fracaso al no poder encontrarlos y exterminarlos a todos. Sí supo que Augusto Mateo y aquella extraña dama rusa que tan poco se dejaba ver eran los responsables de todos aquellos crímenes. Juró que pagarían por ello. Con ayuda de sus colaboradores tendió una celada a Augusto Mateo, acorralándolo en las cercanías de Toledo, en una cripta abandonada. Allí fue destruido. El mismo Miguel Blasco lo decapitó, henchido de ira. Sus ayudantes incineraron el cuerpo y lo encerraron en un cofre con cadenas. Corría el año 1930. Aquel cofre fue trasladado a Ávila después de arrasar y purificar la cripta, los restos fueron introducidos en un sarcófago de piedra y sepultados bajo el suelo de una abadía consagrada y vigilada.
La llegada de la Guerra Civil lo trastocó todo. La misma abadía fue asaltada por republicanos, los vigilantes del sarcófago fueron fusilados justo detrás del edificio y aún se conservan sus restos en una pequeña fosa. La abadía quedó desprotegida durante la contienda. Incluso sus invasores la abandonaron. Miguel Blasco, se dijo, fue detenido cerca de Madrid y corrió la misma suerte que los vigilantes, aunque otros aseguraron que la dama rusa, vengativa y furiosa, lo localizó y le dio muerte de la forma más horrible que quepa imaginar. Sus restos nunca se encontraron e incluso dentro de la Orden existía un grupo de estudiosos que afirmaban que Blasco sobrevivió tanto a la dama rusa como a la guerra y desapareció.
- Era un personaje extraordinario, metódico, resuelto a acabar con su tarea sin importarle el precio que él mismo hubiese de pagar. Posiblemente acabó en una fosa común, pero la leyenda en torno a su persona ha ido creciendo desde entonces. Lo importante fue que puso fin al horror de las desapariciones, pese a no haber podido capturar y eliminar a Valasha.
La dama rusa aprovechó la confusión de la guerra para desaparecer durante varios años. Su vínculo con Augusto Mateo y, por añadidura, con el apellido maldito Afterlom parecía esfumarse con la muerte de éste. Sin embargo no fue así.
- Susana, la hija de Augusto Mateo y Juana Menéndez. Tras salir del orfanato entró a servir en casas de familias importantes de Madrid, ella, que era hija de aristócratas, cuya vida había basculado entre la opulencia y el horror. Se casó en mil novecientos cincuenta y uno con José Luis Alonso Valle, un discreto empleado de banca. Murió trastornada, asegurando que una misteriosa mujer ataviada con ropas negras visitaba su dormitorio por las noches y se bebía su sangre. No tardó en descubrirse que rebrotaban los antiguos miedos de su infancia. La sometieron a todo tipo de salvajes tratamientos médicos para eliminar aquellas fantasías, pero su supuesta locura se mantuvo hasta el fin. La muerte fue una liberación para ella, pudo escapar al acoso de aquella dama. El caso atrajo incluso la atención de las autoridades de la época. José Luis, dicen, se marchó de Madrid, abandonando a las dos hijas que había tenido con Susana, Ágata y Elina. Ambas fueron entregadas en adopción y con ellas finaliza el linaje español de los Afterlom, puesto que no llegaron a casarse.
La historia terminaba en ese punto. Tras la muerte de Susana Afterlom, Valasha desapareció definitivamente. La misteriosa Errante se había transformado en el principal objetivo de la Orden, ahí quedaban los febriles escritos de Miguel Blasco alertando de la enorme amenaza que suponía su existencia. Muchos investigadores y cazadores siguieron sus pasos, muchos de ellos desistieron, otros dejaron la Orden incapaces de hacer frente a tanto horror. Y de ellos sólo quedó uno en España.
- Valasha, cierto es, no ha dejado el país -aclaró el hermano Sergio. –Su rastro se ha perdido, pero es obvio que no puede abandonar España pues carece de los recursos necesarios. Ni siquiera podemos saber a cuántos de sus esclavos ha conservado. Sospechamos que tratará de impedir que se cumpla la profecía acerca de La Errante.
- La urgencia la descubrirá, estoy segura -Martha quiso encender un cigarrillo, pero se contuvo. –Ningún vampiro es tan astuto, ni siquiera ella. El impulso de la ira es su perdición, abandonará su refugio en cuanto se vea amenazada.
Los dos monjes tenían razón, una ligera llovizna cayó sobre toda la zona mientras las nubes mostraban un color cada vez más oscuro. La densa niebla impedía ver los montes de la sierra e incluso los alrededores de la abadía. Demian salió fuera a despejarse. La comida le había sentado bien. La experiencia le resultaba regocijante a pesar del temor que sintió ante la tumba del vampiro. Su mente imaginaba tétricos horrores, representaba fantasías atroces en las que aquellos huesos se recubrían de carne, la cabeza se colocaba en su sitio y el vampiro escapaba de su confinamiento listo para extender el Mal allá por donde fuera. Todo lo que se dijo durante la comida era cierto, estaba suficientemente registrado y probado, sin embargo Martha no mencionó a Valius ni permitió que él mismo lo hiciese. Comenzaba a preocuparle tanto secretismo. Sabía que Martha tenía sus buenas razones, pero no acababa de entender aquella actitud. Ocultar información a quienes podrían ayudarles no resultaba lógico.
Halló a Martha paseando entre los pequeños huertos, fumando su tan ansiado cigarrillo y mirando el oculto horizonte. La siguió hasta la tumba del viejo abad, don Pablo, sepultado bajo un montón de tierra dura sobre la que crecían hierbas y flores espinosas. La tumba estaba rodeada por una verja de hierro y no poseía más adornos que una mohosa cruz de piedra con la inscripción de su nombre. La mujer permaneció mirando dicha tumba, expulsando el humo del cigarrillo ruidosamente. No tardó en descubrir a Demian tras ella. Lo miró con seriedad, sin decir nada. Tras el breve silencio, Demian quiso inquirirle acerca de Valius.
- Dudo mucho que esos monjes hayan visto el vídeo de la estación -dijo ella. –No deseo cargarlos con más preocupaciones, bastante tienen con vigilar el sarcófago. El asunto de Valius es cosa nuestra.
- Podrían ayudarnos con eso.
- ¿Cómo?
- He ojeado el archivo sobre Augusto Mateo Afterlom, he repasado su relación con Valasha una y otra vez antes de venir a este país. Valius fue convertido sobre el año mil ochocientos cuarenta. Era y es uno de los sirvientes más importantes de Valasha, quizá el más importante. Ella nunca dejó de estar en contacto con él y ahora ha entrado en España.
- ¿Y qué quieres decirme?
- Que quizá el linaje de los Afterlom no acabó con las hijas de Susana. Y tanto Valasha como Valius lo saben.
- Hablando de compartir información, ¿cuándo pensabas decírmelo?
- No estaba seguro, ahora lo sé. Hay algo raro, algo que se nos escapa tanto a nosotros como a la Orden. Algo que no saben esos monjes acerca de los Afterlom.
- Bueno, eso demuestra una cosa. Demuestra que sabes pensar por ti mismo. Demuestra que comienzas a estar en mi onda. Vas por buen camino, pronto me alcanzarás. Creo que eres más inteligente de lo que tú mismo crees.
- ¿Qué quiere decir con eso?
- Que sospechas lo que yo sospechaba y esos monjes me lo han confirmado, pero aún es pronto para sacar conclusiones. Quizá no acabe de fiarme de ti, quizá te esté poniendo a prueba, muchachito.
- Esto es absurdo. Deberíamos colaborar.
- Y ya colaboramos, sólo que a mi manera. Tú no te preocupes, a su debido tiempo pondremos todas las cosas en su sitio. Investigaremos qué ocurrió con las dos hijas de Susana Afterlom y cuál es la conexión con Valius, de ese modo sabremos por qué ha venido a España y, con un poco de suerte, nos conducirá al maldito refugio de esa chupasangre rusa y sus jodidos demonios. Ahora cogeremos el coche, dejaremos a estos buenos hombres con su trabajo y regresaremos a Madrid. He de recoger una cosa. Después... ya veremos.
Demian no hizo más preguntas. La despedida de los dos hermanos fue tan cortés y correcta como la bienvenida y permanecieron frente a la fachada principal de la abadía mientras el vehículo se alejaba por el mismo camino. La lluvia había cesado y los bancos de niebla se retiraban hacia las cumbres nevadas de la Sierra de Gredos. Pronto el cielo se despejó y rayos de sol asomaron entre jirones. Demian respiró hondo, sintiendo una rara alegría por abandonar aquellos siniestros parajes.
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