Claire Afterlom

CARTA DE DEMIAN T. AMELIO
(Registro Privado no 3453)

Aquí estoy, observando cómo rompen las olas a mis pies.
La brisa acaricia mis cabellos y me devuelve aromas que creí
haber olvidado. Ha pasado mucho tiempo. Si pudieras verme...
no he cambiado a pesar de que los años han hecho mella en mi
persona. Intentaste matarme y no lo lograste, por ello siempre
pienso que la vida que he disfrutado ha sido prestada, que mi
destino debió sellarse en aquella cripta. Cada día, desde entonces,
he tenido recuerdos tuyos y he sufrido pesadillas. Creo que
estás en alguna parte a la que yo no podré acceder al morir.
Ojalá no hubiera ocurrido. Tardé varios años en creer que te
habías ido para siempre y que la amenaza había sido conjurada.
Durante ese período estuve solo, contemplando el declive de
nuestro mundo desde una posición de privilegio. No ha sido
fácil coexistir con seres cuyas creencias han sido anuladas por
la ciencia y la tecnología. Un progreso desenfrenado dentro
del cual me consta que los de tu especie, aquellos que tratan
de sobrevivir, nunca podrán adaptarse. Nos hemos apropiado
del miedo ahora, lo hemos empaquetado y etiquetado, lo
distribuimos a través de redes virtuales, de cables y pantallas.
Mas mi soledad duró menos de lo que temí. Me casé con
una preciosa joven. Tuve con ella una niña a la que pusimos tu
nombre. La veo crecer, adquirir los rasgos de la inteligencia y
la experiencia, aceptar el mundo tal como es presentado,
compartir la mentalidad práctica de todos sus habitantes ahora
que los fantasmas del pasado ya no existen. Respecto a mi
mujer, Isabel, jamás he tenido ningún problema con ella, aunque
a veces resulte complicado acceder a su mundo, a su manera
de ser. Diferimos en varios aspectos que nos han conducido a
enriquecedoras discusiones. Es un ser bello y agradable que ha
contribuido enormemente a mi felicidad y yo he intentado
corresponder lo mejor que he podido. Jamás superaré su dedicación
hacia mí, su entrega afectuosa. Es un amor que va más
allá de todas las ideas preconcebidas, que no se marchita con
el paso de los años. En ocasiones siento que no le he dado todo
lo que se merece. Y aún así, teniéndola al lado en las noches
más oscuras, confortándome, mi mente se aparta y regresa a
ti, con un hondo temor.
Te preguntarás si alguien puede sentir afecto y nostalgia
por ti, un ser diferente y peligroso. Si yo, que fui tu asesino,
aún puedo recordarte en tu tétrica hermosura antes de quedar
reducida a polvo en un sucio agujero. Un breve instante congelado,
el instante en que tus ojos refulgentes me miraron por
última vez y reconocieron la fatalidad que los apagaría y cerraría
para siempre. Aún sabiendo que libré al mundo de una terrible
amenaza, desde mis horas de soledad te suplico el perdón. Sí,
me arrepiento y lo haré hasta el final de mis días. Estas décadas
no han logrado callar tus gritos, ni oscurecer la visión de tu
sangre, de tu corazón destruido.
Ahora anochece. Todavía un escalofrío me recorre la
espalda cuando el sol se oculta. Más aún desde que la Orden
de los Cruzados se extinguió sin sucesores. Ahora los tuyos
vagan con libertad, en un número más reducido, moviéndose
por los cinco continentes. ¿Qué pueden hacer? No hay lugar
para ellos en el futuro y siento cierto pesar. Sólo puedo conjeturar
sobre los lugares a los que habrán llegado, las dificultades que
deberán afrontar. Juro que les tengo lástima, más de la que
ellos mismos se tienen.
En verdad este mundo se dirige al caos. Este siglo es un
desastre, es todavía peor que el anterior. Una completa locura.
Isabel me ayudó y consoló en los tiempos duros y, debo decir
que, gracias a ella, he cumplido noventa años y tengo esperanzas
de llegar a los cien. Ya no me queda nada por hacer, pero quiero
seguir viviendo. Temo la muerte. No creo en un más allá repleto
de luminosos seres angelicales que me guíen. He sido y siempre
seré un naturalista. Creo en lo orgánico, en lo material, en las
leyes físicas y biológicas que rigen el Universo, en la Naturaleza
como creadora y destructora. Soy humano, de carne y hueso.
Mi alma es mi mente. Mis recuerdos son míos. He visto cosas
que me dejaron absorto. Para todas encontré explicaciones
racionales. Pero jamás comprendí tu poder. Tampoco Martha
lo comprendió. Ni lo hizo ninguno de los Cruzados que os
persiguieron durante tantos años. Eso fue lo que me fascinó de
ti. Tu poder, la pura ignorancia, el hallarme siempre a tu merced,
la apertura paulatina a un nuevo nivel de la existencia física, más
profundo, más rico y sugestivo. Por ello dudo a veces de que tú,
mi hermosa imagen, hayas regresado a la naturaleza, al humus
del suelo, a la tierra madre como todos los cuerpos muertos, sin
alcanzar las esferas de luz de los falsos paraísos prometidos.
Camino observando a la gente, sobre todo a personas
jóvenes o de aspecto joven. Moviéndose por el mundo de noche.
No he vuelto a encontrar a nadie como tú. Me alegro de que
no hayan aparecido en mi vida ni en la de los míos buscando
venganza. Y yo, por mi parte, jamás he revelado mi pasado en
la Orden, a nadie, ni siquiera a mi esposa, por temor a que se
alejara de mí.
Las nubes teñidas de púrpura se desvanecen y la oscuridad
comienza a engullirlo todo. Ya no veo el sol, se ha ocultado.
La temperatura resulta agradable, la brisa aumenta, pero no
molesta en absoluto. Asomado a esta barandilla lo veo todo.
El cielo surcado por vehículos reducidos a puntos de luz, la
tierra iluminada de mil colores, rebosante de actividad. El
mundo feliz del futuro, el mundo aséptico y tranquilo donde
el vuelo de un simple murciélago sólo es una curiosidad pintoresca.
Y el sol, cuyos rayos caen ahora atenuados tras la restauración
del ozono.
No hubieses podido sobrevivir en este mundo.
Y ahora permíteme decirte algo más, algo entre tú y yo.
No he completado la biblioteca de la Orden como se me pidió
tras tu muerte. Eso me acarreó muchos problemas. Se me acusó
de muchas cosas, pero nadie pudo demostrar nada, ni el más
leve indicio de traición. ¿Por qué lo hice? Por dos motivos: el
primero y más importante, necesito tenerte en mi recuerdo
tanto como respirar. Y segundo, tu historia y la de quienes te
acompañaron debía perderse, quedar en un limbo inalcanzable,
borrarse completamente para que ellos no te mancillasen.
Nunca lo hubiera soportado. Ver tu nombre escrito en sus
tratados, en sus libros, como referencia, como Historia que
debe ser estudiada... no, tú no. Tú tenías que ser libre incluso
después de muerta. Esa fue la decisión que tomé y no me
arrepiento en absoluto, porque ahora sólo yo te recuerdo y me
llevaré tu imagen conmigo. Créeme cuando te digo que intenté
vencer la tentación de escribirlo todo y aún considero una
traición a ti y a mí mismo redactar esta carta y registrarla. Lo
hago porque quizá, dentro de cinco o diez años o en mi agonía,
mi mente pueda quedar afectada y te olvide. Necesito una
referencia para llegar a ti pase lo que pase y me aseguraré de
que esta carta se destruya cuando yo me haya ido. Mi hija se
encargará de hacerlo y confío plenamente en su discreción. Le
pediré que no la lea y ella no la leerá. Estoy seguro. Tengo
lagunas y destellos que van y vienen y me cuesta hilvanar mis
pensamientos, de modo que ésta es la mejor manera de actuar.
Ahora pienso en Martha. También la añoro. Tuve que
recoger todo su legado, terminar su trabajo. Ella os persiguió
enconadamente hasta consumirse. Sé que tú no la mataste.
Luchabas contra mí en ese momento y yo sólo pensaba en
acabar contigo, espoleado por el miedo, la ira y un cierto
fanatismo. Martha era metódica, resuelta y tenaz. Ella me dio
la fuerza que necesitaba y que culminó en tu muerte. Supongo
que ella no se sentiría orgullosa al saber que dejé la Orden
menos de un año después de los sucesos en la cripta. O tal vez
sí. ¿Qué me hubiese dicho, con esa manera tan suya de hablar?
He olvidado su rostro, ni siquiera sueño con ella, pero recuerdo
sus últimas palabras como si aún me las estuviera susurrando...
¿Qué ocurrirá en estos momentos? Muchos despiertan ahora,
lo sé, comenzarán a buscar su alimento, se divertirán haciendo
ostentación de sus poderes diabólicos o continuarán arrastrando
su culpa y su maldición, vagando sin rumbo. Ya no hay nadie
para darles caza. ¿Para qué, si nadie cree en ellos? ¿Renacerá su
dominio? No lo sé.
Nunca leerás esta carta, se perderá como todo lo demás.
Como tu susurrante, mortal, engañosa voz. Como tu rostro
algo pálido, tus brillantes ojos, tus negros cabellos que parecían
flotar ante mí. Incluso mientras disfruté de un apasionado
noviazgo con la que sería mi esposa, podía verte en la oscuridad,
sentirte con la misma certeza, como si realmente estuvieras
ahí, mirándome. A mí, a quien deseó acabar contigo, destruir
tu corazón, mutilarte, reducirte a cenizas y entregarte a las
esferas de la espiritualidad cristiana. Traiciono a los míos cada
vez que te traigo de vuelta a mi memoria. Sufro tristeza y
nostalgia porque para mí sólo eres una imagen, un sonido, no
eres perfecta ni puedo tocarte y a veces te diluyes sin que me
importe demasiado.
Disculpa mi exceso de pasión y sentimentalismo. Tengo
miedo. Temo a la muerte, no sé qué habrá después. Temo
encontrarme con alguien que me odie y posea tu semblante,
que me aguarde con una sonrisa maliciosa en unos labios negros,
de cuyo pecho hendido brote sangre negra que enrojece y
regresa a la herida que se cierra. No deseo morir y encontrarme
contigo, no quiero que seas tú quien mitigue mi sufrimiento.
Tengo miedo de ti, Claire Afterlom.

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