Humedad. Frío. Oscuridad. Unos inquietantes susurros. Claire estaba tumbada en el interior de un nicho excavado en la pared de un interminable túnel. Era su refugio desde hacía unas semanas. Estaba sola. Podía escuchar ruidos de todo tipo. Ratas arañando y royendo, partículas de polvo que se deslizaban arrastradas por un viento intruso, ecos del exterior, sobre su cabeza, atronando como los cañones en una batalla. Todavía no lograba acostumbrarse al despertar sin sentir que el mundo se le caía encima. Necesitaba unos minutos para concentrarse, ordenar su mente y seleccionar los sonidos que quería oír. Sus ojos se abrían despacio, con cautela, y lo primero que veían era un reducto estrecho de rugosas paredes grises y cerca de sus pies una abertura rectangular tras la que contemplaba un pasaje oscuro. Se arrastró fuera. Sus pies descalzos se apoyaron en un suelo áspero donde se amontonaba el guano de murciélagos furtivos. Todo era gris. Vestía un camisón raído, sucio. Sus cabellos estaban desordenados y rizados por el polvo sobre el que había descansado durante muchas horas. Divisó el final del túnel a lo lejos, a su izquierda, una pared lisa de maciza roca. A su derecha éste se hundía en una oscuridad impenetrable incluso para sus ojos. No comprendía cómo era posible, la negrura resultaba tan densa que se diría que era capaz de tocarla. Constituía una barrera hacia la que se dirigía el túnel. Cuando caminaba hacia ella, ésta retrocedía y el túnel se alargaba sin final. Cuando era ella quien retrocedía, la masa negra parecía perseguirla, siempre a la misma distancia. Ni siquiera la alcanzaría corriendo. Alguien no le permitía recorrer aquella parte del túnel.
Oyó la risita de una niña. Al girarse vio pasar una sombra de pared a pared. Se acercó al lugar pero allí no había nada. Tras un momento de incertidumbre volvió a escuchar la misma risita, en esta ocasión acompañada por un leve arrastrar de pasos y un murmullo de fondo. La risita se perdió en un eco y no volvió a oírla más. Dio varios pasos en dirección al final del túnel. Sus pies, fríos y sucios, pisaban una superficie blanda, una capa de polvo que más bien semejaba a la ceniza. Bajo ellos crujían los caparazones de los insectos que cientos de arañas devoraban continuamente en aquel lugar. Muchas corrían por las paredes o se mantenían inmóviles al paso lento de Claire, que no arrastraba los pies como al principio. Su camisón se balanceaba al compás de su movimiento, la suciedad no permitía apreciar su belleza, destacando la extrema palidez en su piel y el inquietante fulgor de sus ojos, que habían perdido parte de su brillo azul, pero que aún así eran claros y atrayentes.
De pronto se detuvo. Más susurros a su espalda la hicieron girarse despacio. Una ráfaga de calor acarició sus mejillas, una sombra la cubrió hasta que tomó la forma de un apuesto joven de largos cabellos hasta los hombros y rostro delgado. Sus ojos la miraban y adornaban una leve sonrisa. Claire trató de imitarla, le resultó muy difícil. Su nueva mente le recordaba cuántas de las cosas que hacía antes eran irrecuperables, cuánto debía aprender aún antes de cumplir su destino. Y Valius D´Acourt se había erigido en su maestro y la mantenía encerrada en aquel sitio lúgubre bajo su tutela, lejos de la influencia de la dama oscura, cuya imagen nebulosa le había sido transmitida en uno de sus sueños. Valius era su creador, la salvó de la muerte humana y la condujo a un refugio infecto, a la espera de poder instalarla en el lugar que le correspondía por derecho propio, tal y como fue escrito. Claire disponía de algunas nociones sobre ello, pero Valius aún no le había revelado todo lo que ella necesitaba saber, no antes de conseguir adaptarla a su nueva condición; no antes de educarla y atraerla hacia él sin condiciones; no antes de estar seguro de protegerla contra sus numerosos enemigos, contra quienes la estaban buscando para destruirla.
Acarició el hermoso rostro de Claire, tiznado de polvo, pálido y medio cubierto por sus cabellos oscuros. Tenía sombras bajo sus ojos y Valius se las limpió soplando un delicioso aire caliente con aroma a sangre fresca. Después, con los pulgares, eliminó gran parte de las manchas grises de sus mejillas y ella no dejó de mirarlo, embelesada, luchando con fiereza para devolverle una mínima emoción. Mas en su interior también tenía lugar otro tipo de lucha, un enfrentamiento contra su propio ser, un simple resto que se negaba a quedar dominado y ahogado por aquello en lo que se había convertido. Un trozo de alma humana flotando en un inmenso océano de sangre negra, hirviente, a punto de hundirse. Una porción que le recordaba lo que había sido, lo que había amado mientras pisaba la tierra bajo la luz, ya prohibida, del sol. Valius sabía que dicha contienda tenía lugar porque él mismo la había sufrido, era una de las consecuencias del renacer, pero no deseaba, por el momento, mitigarla en su nueva compañera.
Cuando acarició sus hombros, bajando los tirantes sucios del camisón, Claire se recostó en su pecho y cerró los ojos, buscando el placer infructuosamente. El mero contacto con Valius ya bastaba para crear su disfrute y anhelaba el momento del despertar absoluto, cuando fuese tan capaz como él de amar, de sentir nuevas emociones y sensaciones, cuando pudiese al fin crear su nueva conciencia y compartirla con él durante siglos enteros. Solos.
Valius levantó delicadamente el rostro de Claire, ella abrió los ojos de nuevo. Él se vio reflejado en sus pupilas brillantes volviendo a sonreír sin aparente esfuerzo. Sus buenas diez décadas le había costado sonreír de nuevo, como tantas veces lo hizo antes de encontrarse con la dama oscura. Se acercó a Claire y tocó su frente con la boca, la recorrió, descendió por la nariz y se posó en los labios de la muchacha, negros y fríos aún. La saboreó con placer, aunque sabía que ella necesitaba alimentarse, le resultaba difícil hacerlo por sí misma. Había matado ya, pero por impulso. Horas de reposo, días enteros de sueño habían aplacado aquel nuevo instinto y correspondía a Valius despertarlo si quería mantenerla vigorosa y bella. No dejaría que el hambre la redujese a un cadáver viviente.
- Esta noche saldrás conmigo -susurró, manteniendo la sonrisa. –Te enseñaré a valorar el sabor de la sangre recién extraída y también a protegerte, a mantener ciertas precauciones. Pero, recuerda, estás conmigo y con nadie más, no te separes de mí. Ellos te están buscando y aún no puedes hacerles frente. Yo sí. Si permaneces a mi lado, vivirás. No te exigiré ningún sacrificio.
- Iré contigo.
Valius la llevó a una sección de la pared del túnel. Empujó despacio y una delgada losa pétrea se deslizó. Hizo que Claire entrase en una pequeña sala en cuyo centro había una especie de altar y, a un lado, un nicho con ropa. Ropa limpia y oscura, con hebillas que destellaban. Tomó un vestido largo de terciopelo negro y se lo mostró a Claire. Las mangas eran finas y abiertas en sus extremos, la parte inferior se componía de faldones entrelazados y la superior tenía algunas piezas de cuero cosidas a la tela, piezas que se abrochaban por detrás. El escote no era demasiado pronunciado, pero sí sugerente. Claire tomó el vestido, se deshizo del andrajoso camisón y se lo puso. Estaba confeccionado a su medida. Valius lo abrochó por detrás, alisó los cabellos de Claire en una coleta, pasó una de sus manos por ellos y todo resto de polvo cayó a sus pies, devolviéndoles el brillo y la riqueza que siempre tuvieron. A continuación los extendió admirando cómo caían sobre los hombros y la espalda de Claire hasta que las puntas bailaron en su cintura. Consiguió un abrigo negro con capucha y se lo puso a Claire. Ella misma se arrebujó en él y se abrochó los trenzados botones delanteros. Después calzó sus pies con dos zapatos negros de cuero flexible con pequeños tacones. Valius retrocedió unos pasos para admirarla antes de colocarse su gabardina oscura. Le tendió la mano y ella la tomó.
Ambos abandonaron el túnel, subieron unos escalones de piedra hasta situarse bajo los mecanismos de la fuente de un parque. Valius empujó una trampilla falsa y salió, ayudando a subir a Claire. Cerró la trampilla y la condujo a través del extenso parque, andando por estrechos caminos enlosados hasta la entrada, una doble puerta metálica de rejas negras, abierta aún a esas horas. Hasta el momento nadie había reparado en ellos. Claire observó detenidamente. Todos los que se cruzaban con ellos parecían estatuas, mantenían posiciones hasta cierto punto ridículas. Sólo al doblar una esquina en penumbra, la joven comprobó que la gente que caminaba por las calles volvía a recuperar su movimiento.
- Tú también podrás conseguirlo, Claire -dijo Valius, con voz tranquila. –Ellos no deben vernos excepto cuando nosotros queramos que nos vean. No pertenecemos a su dimensión, podemos vagar como nos plazca por este mundo, que ya no nos pertenece, pero que aún nos sustenta. Somos capaces de sustraernos a sus ojos, de sorprenderlos o desconcertarlos, de divertirnos, en suma, con sus patéticos sentidos que nunca alcanzarán nuestras habilidades. Están atrapados en la misma tierra que pisan, no pueden desligarse de ella. Nosotros sí podemos. El aire, la luz, las entidades gaseosas e invisibles, las energías derivadas de sus mentes imperfectas son nuestros peldaños para ascender, para situarnos siempre por encima de ellos. Y tú lo aprenderás. Yo te lo enseñaré todo igual que tuvieron que enseñármelo a mí. Adorarás estas nuevas sensaciones, te permitirán sobrevivir y las disfrutarás.
Recorrieron una larga avenida, bajo la amarillenta luz de las farolas, entre los transeúntes que escapaban de las calles para protegerse del frío. El tráfico había disminuido pero continuaba igual de ruidoso. Claire se apoyaba en Valius, mientras él la rodeaba con un fuerte brazo y la hacía andar como si flotase. Soportaba sin molestia las serias miradas de las personas con las que se cruzaba, oyendo con placer los latidos de sus corazones. Valius se dio cuenta, al sentir su piel, de aquella repentina excitación.
- Míralos, mi amada. Se mueven, respiran y laten, sumidos en miedos inocuos, despreocupados de cuanto les pueda suceder antes de que salga el sol. Observa sus cuerpos, su piel y su mirada. Siéntelos antes de penetrar en sus mentes. Aprende a distinguir y a elegir, nunca te precipites. Sigue el fluir de su sangre como si fuera una corriente que te lleva sin que puedas evitarlo y a la cual tú te entregas dichosa. Y así encontrarás lo que buscas, nunca te equivocarás.
Valius la hizo detenerse en una parada de autobús urbano. Sólo encontró allí a tres personas. Una de ellas, un joven de unos dieciséis años, los observó, tratando de contener una sonrisa. Susurró algo al oído de otro joven que iba con él. Claire se concentró, se esforzó por oírlo:
- Mira a esos dos..., los típicos góticos..., buena..., yo ya... tiraría...
Valius les dirigió una gélida mirada. Ellos debieron ver refulgir sus ojos, pues su expresión cambió por completo. Pudo oler su miedo y sintió que la sangre aumentaba su velocidad en el interior de sus venas y arterias. Los dos se retiraron hacia un banco de madera. El que había hablado encendió un cigarrillo para tranquilizarse. En ese momento llegó el autobús. Valius y Claire fueron los últimos en subir. Él miró fijamente al conductor, caminando con la joven hacia la parte de atrás. El vehículo se puso en marcha, cruzando toda la ciudad hasta llegar a otra parada, cerca de unos solares ruinosos y de un polígono industrial desde el que se escuchaban sonoros ladridos de perros guardianes. Sólo Claire y Valius bajaron allí. El autobús dio media vuelta para regresar. Los dos se encontraban frente a un edificio grande, una vieja nave en cuya entrada bullía una multitud. Muchos vestían como ellos, de manera que podrían pasar desapercibidos. Caminaron con calma hacia allí, se mezclaron con el gentío y entraron.
Un ruido ensordecedor atronó los oídos de Claire hasta que fue capaz de atenuarlo. Luminosos rayos de colores danzaban a su alrededor y formas confusas se agitaban en el centro de una extensa pista, bajo niebla artificial, humo y aroma a incienso quemado. Al fondo, sobre un escenario, una estruendosa banda de black metal ofrecía un apresurado recital. El cantante se desgañitaba con una voz cavernosa, gutural, que a duras penas se escuchaba entre el mar de distorsión en el que todos se habían sumergido, aunque buena parte del público coreaba ruidosamente. Claire acompañó a Valius hacia la zona más oscura del local. Allí ocuparon dos cómodos asientos y observaron. Sus ojos resplandecían.
- A veces, Claire, no necesitas más que uno, uno por noche e incluso por dos días. No toda la sangre de la que te alimentes será igual, hay ciertos tipos que proporcionan mucho más vigor. Otros tipos son más débiles y esa debilidad pasa a ti si no lo remedias. Debes aprender a compensar si has hecho una elección errónea. Pero hay algo siempre fiable. Sangre de hembra joven. Es muy difícil equivocarse. Quiero que observes muy bien lo que va a ocurrir.
Valius se levantó y caminó hacia la pista. Se abrió paso con mucha facilidad. Claire se mantuvo quieta y tranquila, observando los frenéticos movimientos de todos aquellos seres, sintiendo que la temperatura de sus cuerpos aumentaba enviando a través de la saturada atmósfera efluvios apetentes, prometedores aromas cuya atracción resultaba muy difícil de contener.
Su piel se estremecía, sus ojos lo veían todo. Al cabo de un rato Valius regresó llevando de la mano a una hermosa muchacha. Vestía una camiseta negra ajustada y una mini falda del mismo color. Dejaba asomar unas medias oscuras. Su rostro era redondo y bello, con una anilla en el orificio izquierdo de la nariz y dos diminutas chinchetas clavadas en la ceja derecha. Sus ojos eran claros y marrones, pero parecían amarillos bajo la agresiva iluminación. Su pelo era negro con mechones rojos. Valius la hizo sentarse junto a él, la acarició y sonrió, sin demasiada insistencia.
- Repíteme tu nombre -gritó la joven por encima de los rugidos del cantante.
Valius se lo susurró al oído. Ella sonrió, le dedicó algunos piropos, él escuchó una parte de su charla intranscendente y miró a Claire, situada a espaldas de la joven. Ésta continuó hablando de forma incontenible. Valius no dejaba de mirar a Claire y le transmitió su voz a través del aire hasta tocar las fibras más profundas de su cerebro.
- La deseas, ¿verdad?, yo te la he traído sólo a ti -la voz superaba el estruendo y había conseguido que, en la mente de Claire, todo lo demás enmudeciera y dejase de tener importancia. –Su sangre es buena, demasiado buena. Te mantendrá sana durante dos días y podrás venir conmigo. No temas, Claire. No necesitas toda su sangre ni yo tampoco. Sólo es una prueba. La encontrarán desmayada aquí mismo y nadie sabrá nada, sus heridas se cerrarán, pues todavía no tienes la capacidad de dejar marcas, lo cual representa una extraordinaria ventaja para ti. Tómala ahora, Claire.
Valius cambió su expresión, revelando un odio profundo. Sus ojos se velaron y enrojecieron. La muchacha se calló y frunció el ceño. Fue entonces cuando reparó en la silenciosa joven situada tras ella. Se giró y miró un rostro parcialmente deformado, furibundo, cuya boca entreabierta dejaba asomar unos dientes puntiagudos. La joven dio un grito, Valius le tapó la boca con fuerza y Claire mordió la suave piel, deleitándose con una sangre dulce y cálida. Valius, sujetando los brazos que se agitaban, le transmitió cuándo debía detenerse. Un exceso de sangre la mataría. Claire extrajo los dientes y vio cómo las heridas se cerraban sobre una piel más pálida de lo habitual. La chica cayó sin sentido sobre el regazo de Valius. Éste la depositó con suavidad en el asiento y condujo a Claire a la salida.Una vez en el exterior comprobó el éxito del ataque. Los ojos de Claire habían recuperado su brillo azul, su piel era sonrosada y sus labios rojos otra vez. Todo su cuerpo era cálido, blando y ágil.
- La noche es larga, mi amada. Y tú eres increíblemente hermosa.
Otra parada de autobús. El horario para éste había finalizado. Así Valius y Claire pudieron disfrutar de una agradable calma, sentados bajo la marquesina de cristal. Ella recostaba su cabeza en su hombro derecho y se dejaba arrullar por su voz, contemplando imágenes lejanas, canales de agua turbia, luces imposibles y mareas de color rojo que la rodeaban con su calor. Se sentía adormilada pero enérgica a la vez. Imaginaba un torrente de sangre fluyendo hacia sus labios, una corriente sin fin llenándola, vivificándola. Todo ello se mezclaba con recuerdos de una vida anterior extinta, con conceptos humanos que nada significaban para ella. Recordaba, cada vez con mayor nitidez, cómo su cuerpo fue torturado y ultrajado antes de morir. Los rostros de sus agresores eran manchas borrosas, pero pronto cobrarían forma clara. El ánimo de venganza no la impulsaba, pues no sentía odio o al menos no como un ser humano pudiese entenderlo tras librarse de la muerte. Sin embargo Claire sí tenía una certeza absoluta. Ella había muerto, su cuerpo dejó de respirar y su corazón se paró. La nueva vida que disfrutaba no era tal, sólo un préstamo. Fue Valius quien la condenó. Y ella quien aceptó la condena. Quizá un primitivo apego humano a la vida, jamás lo supo...
Valius la abrazaba en silencio, ambos sumergidos en el murmullo continuo de una ciudad oscura y misteriosa que había protegido a renacidos como ellos durante siglos, a los únicos. La dama oscura los lideraba, decrépita, encerrada en su fosa, deseando liberarse, mas la debilidad acumulada se lo impedía. Necesitaba a Claire Afterlom para recuperarse y volver a caminar. El anhelo más profundo de la dama oscura consistía en la posesión absoluta de su cuerpo, de su nueva conciencia y de lo que quedara de su alma. Transformaría su sangre, la compartiría con ella, se alimentarían mutuamente y Claire sería carne y sangre de la propia dama. Y la satisfaría durante largos años hasta que se hartase de ella y la matase, la destrozase con sus garras o la dejara pudrirse en un abismo tenebroso. Valius lo sabía, lo temía, por eso luchaba por apartarla de ella. No por mucho tiempo, pensó, la dama sabrá que te he convertido en mi compañera y cómplice, nos buscará, tal vez acabe conmigo, pero lo que te reserva a ti es mucho peor. Mi amada Claire, mi sangre... ¿qué hará contigo? He de evitarlo cueste lo que cueste, pero estoy encadenado a ella, con una sola palabra suya cederé. ¿Podrás perdonarme?
Claire captaba muy nítidamente sus pensamientos, trataba de responder, deslizando su voz a través del velo de tinieblas con el que Valius se protegía y, esa noche, la protegía a ella. Era la única forma de impedir el paso a la dama, a su nefasta influencia. Valius se sabía débil. Fue una de las primeras verdades que confesó a Claire. Pero la muchacha no sentía miedo ante la dama. Noches en vela había pasado deseando su presencia o tal vez no fuera más que un deseo inducido por un ser abominable que se ocultaba a la vista de todos, que se enterraba en lo más profundo. Pensó en el muro de sombras al final del túnel, en el manto de Valius. Todo era obra suya, qué gran poder desplegaba ante sus ojos y ante su conciencia. Tanto que ni siquiera la dama lograba traspasarlo.
- La dama es débil aún. Su voz atraviesa las dimensiones con facilidad, pero existen ciertas barreras que la detienen. Mi sombra se interpone entre ella y tú. Su cuerpo aún no puede regenerarse, han sido demasiadas décadas de sueño, demasiadas incluso para ella, la más poderosa de cuantas han existido jamás. Necesitará tu sangre para descuartear su piel y dotar de humedad a sus ojos. Su seca lengua deberá recomponerse antes de poder utilizarla para dar órdenes a sus Custodios. Será pronto.
- ¿Sus Custodios?
- Ellos la protegen, vigilan constantemente su fosa. Su cometido no es otro que asegurar la recomposición de la dama oscura, cuyo nombre es Valasha Namkova. Ella los convirtió, los eligió con cuidado, de igual modo que me eligió a mí, aunque yo jamás fui Custodio de su tumba. Les transmitió parte de sus poderes y habilidades, los hizo fuertes y decididos a cumplir con su tarea, sin sucumbir, en apariencia, a ninguna ambición personal. Ese fue su error, porque yo sé que las ambiciones se han abierto camino en el seno de su cripta vigilada, ambiciones que tú has provocado.
- ¿Yo, Valius? ¿Cómo?
- Ellos te esperaban, al igual que Valasha. Se habla de ti desde hace siglos. Estás destinada a liderarnos a todos... o a matarnos, justo después de ocupar el lugar de la dama oscura. Y ella jamás osará cedértelo. Por lo demás, te será imposible matarla. Y es necesario que ella muera para que tú puedas dominar.
Los pensamientos, de forma paulatina, se ordenaban en la confusa e imperfecta mente de Claire. Valius la devolvió a su nicho en el mismo instante en que despuntaban los primeros rayos de sol. Acarició su rostro y la hizo sumirse en un profundo sueño, al cual ella se entregó con placer. Valius le cedió su imagen y parte de su voz susurrante para que disfrutase con ellas hasta el próximo despertar. A continuación atravesó el muro de sombras y recorrió el túnel, tomando una bifurcación que le conducía directamente hacia una de las entradas. El perro estaba allí, tumbado, apoyando la cabeza fláccidamente sobre sus patas delanteras. Valius no lo acarició, hizo deslizarse la losa y caminó con tranquilidad hacia su refugio en la cripta. La voz de Valasha lo detuvo, aunque no hubo ni un asomo de inquietud en él.
¿Qué has hecho, mi amado Valius? ¿Acaso te has propuesto decepcionarme, tú, mi predilecto? ¿Qué has hecho con la niña, por qué no me la traes? La quiero a mi lado, Valius. Si pretendes confinarme en este agujero hediondo, juro que te descuartizaré y sufrirás más dolor del que jamás haya sufrido criatura alguna. ¡Retira ese maldito muro sombrío! ¡Déjame tenerla!
Valius se mantuvo firme. La dama recuperaba fuerzas gracias a la ira y a la frustración y él no podía permitir que eso ocurriera. Su apetencia por Claire estaba más allá de todo posible control, él lo sabía, la dama no estaba mintiendo. Su muerte sería horrible si ella la decidía así.
¿Es que no me oyes, apestoso excremento?
Contestó a la voz de la dama tímidamente ofreciéndole la imagen de Claire, pálida y moribunda. Su cuerpo desnudo, torturado y violado. La dama calló, después su grito fue desga- rrador. Su decrépito cadáver se agitó de rabia en la fosa, golpeando con sus descarnadas manos el suelo y las paredes. Y Valius tuvo que confesar.
La mataron, ellos la mataron y tú la convertiste. Traidor. La has hecho. Has hecho a La Errante. Tenías que ser tú, sumido en tus confusos anhelos de amor, posesión y dolor. Me has traicionado vilmente, a mí, que te lo di todo. Yo te encontré cuando te arrastrabas por las alcantarillas de París devorando ratas. Te di poder, te di lujos y fuerza, te lo enseñé todo. Y ahora huyes de mí, me traicionas, me robas a la niña, me subestimas. Necio. Devoraré tus entrañas, lo juro.
El agotamiento hizo que la dama cayera de nuevo hacia las tinieblas. Su cuerpo se relajó a varios metros de profundidad, aunque su grito había despertado a uno de sus Custodios. Caminó arrastrando los pies, despacio, sin reflejar una sombra y sin dejar una sola huella en el polvoriento suelo. Lenaud Sphex, Segundo Guardián, Segundo Custodio, sonriendo obscenamente ante Valius, deleitándose con los acontecimientos que él había previsto, aunque no oyó en ningún momento la furibunda voz de Valasha. Retorcía sus dedos arrugados y pálidos, sus uñas largas emitían un molesto chirrido al rozarse entre ellas y sus labios, curvados en una sonrisa desprovista de emoción, dejaban entrever sus afilados dientes. De las sombras que lo rodeaban surgieron sus dos esclavos, dos muchachos jóvenes, sub-humanos aún, de rostros sucios e igual de inexpresivos. Uno de ellos sujetaba una forma abultada cubierta con una gruesa tela gris. Trataba de imitar la sonrisa de su amo. Valius los miró, luchando por contenerse. Ellos habían ultrajado a Claire Afterlom, debían pagar por ello. Oyó después un chillido acompañado por un gemido entrecortado. Lenaud señaló una de las losas en el suelo, en aquella oscura zona de la cripta. Uno de sus esclavos la retiró sin esfuerzo, dejando ver un hoyo rectangular de unos tres metros de longitud, repleto de tierra fresca y muy fina. Su compañero llevó la forma envuelta en la tela, retiró ésta y dejó a la vista el cuerpo de un niño de unos ocho años, un cuerpo desnudo y tembloroso. Tenía heridas en el cuello y algunos cortes en brazos y piernas. El frenesí del miedo le impidió gritar en cuanto pudo intuir los rostros aterradores que lo miraban, con todos aquellos pares de ojos brillando en una oscuridad impenetrable. Tenía frío, temblaba de los pies a la cabeza, incapaz de hablar. Sus ojos no parpadeaban, había entrado en un estado catatónico. Fue depositado sobre el montón de tierra. Su pierna izquierda se doblaba en convulsos movimientos, sus manos se juntaron sobre el pecho, con dedos temblorosos. Apenas sí podía dejar salir un gemido. Lenaud se dirigió a Valius.
- Sus malditas niñas se ocultan muy bien -dijo, señalando la tierra. –Mis esclavos las desean tanto como yo, pero son muy peligrosas. Simone, especialmente. Cómo me gustaría devorarla, tan apetitosa...
La tierra comenzó a moverse, como si algo se arrastrase desde el fondo, mientras se escuchaba un vibrante suspiro de ansiedad.
- Ella las protege, les ha enseñado a escabullirse mientras duerme. Es muy lista. Y tan hermosa, tan absolutamente bella como el día en que Valasha la convirtió.
Dos manos deformes, con uñas muy largas, surgieron de la tierra, una a cada lado del niño, que al fin hizo oscilar sus ojos mirando aquellos rugosos dedos, aquellos brazos que se alzaban en torno a él, que, lentamente, se cerraron sobre su pecho y lo aprisionaron. Lenaud abrió más los ojos y sonrió.
- Oh... Tamjira...
Un rostro horrendo, medio cubierto por cabellos marrones y sucios, salió de la tierra mientras los brazos apretaban al niño. Aquella cara pesadillesca de ojos grises abrió los labios y dejó ver dos hileras de dientes puntiagudos de distintos tamaños y formas, dientes que se cerraron en la garganta del infante con un leve chasquido. No hubo gritos, sólo un gemido intermitente. El niño puso los ojos en blanco y se orinó encima mientras se hundía en la tierra arrastrado por los brazos y las horribles mandíbulas que atrapaban todo su cuello. Pronto sólo quedó un montón de tierra que se removía desde dentro y humeaba con un fino vapor gris. El mismo Lenaud, con el pie derecho, colocó la losa en su sitio.
- Valasha me ordena proporcionar alimento a Tamjira. Yo preferiría dejarla ahí, muriéndose de hambre, pudriéndose. Desearía secar su tierra. Pero Valasha se niega a prescindir de ninguno de nosotros y Tamjira es totalmente digna de su confianza. No me importa. Puedo esperar. Respecto a ti, sé que quieres verla. La has soñado y ella te ha soñado a ti. Cuando sepa lo que has hecho...
- Demasiadas amenazas, Lenaud.
- Mis esclavos disfrutaron mucho...
Cuando Valius quiso responder a eso, tanto Lenaud como sus perros habían desaparecido. Decidió serenarse, no era el momento para la lucha, aún no. Comprobó que las sombras protegían bien a Claire y se retiró a su refugio, dejándola soñar hasta el próximo anochecer, reteniéndola con él en la penumbra hasta el día en que pudiesen dormir juntos, hasta que fuesen inseparables...
Cuando Valius regresó al mismo lugar en que había convertido a Claire Afterlom encontró un panorama desolador. El cuerpo desangrado de una mujer madura yacía en el frío suelo de la misma cocina donde Claire había sido violada y torturada. Aún quedaban rastros de su sangre descompuesta. La buscó por toda la casa hasta encontrarla en el interior de una bañera, encogida sobre sí misma, durmiendo plácidamente, envuelta en una toalla manchada. Tocó su mente, sondeó sus pensamientos, encontró una conciencia confusa y casi vacía, pero en la que aún se mantenían firmes ciertos rasgos de humanidad, recuerdos de los terribles sucesos que habían llevado a Claire a ese estado. Y, lo más importante, lo recordaba a él, recordaba con nitidez sus dientes apretando su pecho, sus labios succionando la poca sangre que le quedaba y guardaba su imagen tomando la de Valius con delectación. En pocos momentos supo de su dolor durante la transformación, de las horas de sufrimiento y sueño, del despertar de sus nuevos sentidos y de sus posteriores ataques, tan precisos y silenciosos. ¿Tenía conciencia de ser La Errante?
Sentado en un sillón Valius aguardó a Claire, que no tardó en aparecer caminando lentamente, envuelta en la toalla ensangrentada. Cuando vio al joven se detuvo, extrañada. A continuación se abalanzó sobre él, pero Valius la sujetó con su mano tomándola por el cuello, mirándola directamente con sus brillantes ojos rojos. Ella arqueó las cejas y relajó su cuerpo pálido. Reconoció de inmediato a Valius mas se vio incapaz de comunicarse con él. No tenía voz. El joven acarició sus cabellos y dejó caer al suelo la toalla, contemplando el cuerpo desnudo de Claire, un cuerpo sin las horribles señales de tortura con que había sido mancillado, puro y limpio, hermoso y resplandeciente. Abriendo su gabardina cubrió ese cuerpo delicado y lo apretó contra sí. Ella se entregó al calor y se dejó acompañar por Valius hacia las dimensiones en las que debía moverse antes de cumplir su cometido, aceptando ser educada por él, aceptando sus cuidados y su amor como si no existiese nada más en el mundo.
Durante un mes Valius ayudó a la joven a crear su conciencia y a satisfacer sus nuevos apetitos, sin llamar la atención, pues no deseaba concentrar en él más curiosidad de la debida. La dama oscura vigilaba desde su cubil, lo llamaba a gritos, imploraba con desesperación. Valius resistió durante aquel mes, creó muros de sombra por todas partes, adormeció a Claire para que no escapara de su refugio. Sólo las niñas de Tamjira eran capaces de acercarse a Claire, pero carecían de poder para comunicarse con ella o atraparla a espaldas de Valius. Se limitaban a rondar por su refugio, sin dar un paso más de la distancia quizá ordenada por Tamjira. Valius extremó todas las precauciones, los Custodios constituían su mayor peligro, en esos momentos más que la ira de la dama oscura, amenazante y furiosa, pero débil, incapaz de ponerse en pie y trasladarse físicamente hasta allí para poner sus rugosas manos encima de Claire.
Valius tomaba su lugar en la cripta para desviar la atención de los Custodios y sus esclavos, pero durante algunos días vigiló el nicho donde dormía Claire e incluso compartió con ella el sueño. Su seguridad le importaba más que su propia existencia. Lo supo desde que la encontró por primera vez.
Sólo La Errante puede matar a La Errante.
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